A todos nos gusta oír nuestro nombre. Nos encanta aun más si alguien a quien respetamos lo menciona en una forma positiva frente a los demás. La semana pasada estuve dando un seminario sobre comunicación y lo clave que es reconocer el nombre. Y quiero contarles rápidamente una historia que mencioné en el seminario. Veamos la primera parte.
Cuando cada uno de nosotros nacimos nos dieron un nombre. Uno tan especial que, es probable que, nuestros padres pasaran semanas y meses escogiéndolo. En la antigüedad, como hoy, los nombres tienen que ver con un propósito especial con la persona. Por ejemplo, nombres como David, Raul, Susana o incluso Tatiana, todos tienen un significado especial. Por cierto, recuerdo muchas veces cuando mi hija Tatiana me volvía a pedir que le contara la historia de cómo conseguimos su nombre y qué significaba. Nos reíamos mientras yo volvía a contársela. Sí, todos tenemos un nombre especial.
Fue así que empecé a contar la historia que expuse en el seminario...
Cierto día estaba almorzando con un grupo de hombres cuando John Maxwell se sentó precisamente cerca de mí. Sí, el gurú del liderazgo —John Maxwell mismo—; imagine lo feliz que estaba yo, sentado, oyéndolo y aprendiendo.
Entonces sucedió algo que nunca olvidaré. Frente a todos, John Maxwell se volteó hacia mí, delante de todos, y dijo: «Bueno, Larry, dime...»
No puedo recordar el resto de la pregunta. Me dejó congelado el hecho de que John supiera mi nombre. Estoy seguro que me lo repitió. Y le respondí. Entonces puso su mano sobre mi hombro y siguió haciéndome preguntas sobre América Latina, luego sobre México y sobre Brasil; y todo ese tiempo con su mano en mi hombro y pronunciando mi nombre. ¿Puede creerme?
Durante el transcurso de la comida continuó refiriéndose a mí en cuanto a los viajes internacionales, todos estábamos riendo, mientras yo pensaba: «Uao, John sabe mi nombre».
Llegué a casa esa noche y le conté todo a mi esposa Ruth. Le di todos los detalles y le dije: «¿Puedes creerme, John Maxwell sabe mi nombre?» Ella me sonrió y simplemente dijo: «Y, ¿quién es John Maxwell?»
Los nombres son importantes, por tanto, llame a su equipo y sus clientes por su nombre. Y si no lo sabe, empiece preguntando algo así como: «Lo siento, olvidé su nombre. ¿Podría decírmelo de nuevo?» Eso marcará toda la diferencia del mundo.
hey Larry!, eso qe me comentas lo experimenté contigo en SEPA este año, me sorprendió qe me hablaras por mi nombre. Eres un ejemplo bro!
Un abrazo desde México. Este es un gran blog.
Publicado por: Raul Lugo | 24/12/2011 en 12:39 a.m.